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January 8: Revised for greater clarity

Por José I. Bramonte

(Nota: este artículo fue escrito antes del ataque militar de Estados Unidos a Venezuela el 3 de enero de 2025)

Resumen: Este artículo analiza las narrativas que giran alrededor de la escalada de la presencia militar de Estados Unidos en Latinoamérica y evalúa la complejidad del contexto político que explica, de alguna manera, la falta de un rechazo unánime a la intervención de Estados Unidos en Venezuela. Asimismo, sitúa la coyuntura actual en un historial largo de esfuerzos fallidos, apoyados por los Estados Unidos, para producir un cambio de régimen en el país, el largo proceso de polarización política que hace que se asocie anti-intervencionismo con pro-Madurismo, y que define “democracia” según las metas de la oposición de la derecha política, la cual ha pedido la intervención de los Estados Unidos en el país. Tomando en cuenta estos factores y la gravedad de la situación actual, este artículo propone la necesidad de un cambio en el imaginario político que permita condenar categóricamente la escalada de la agresión y la posibilidad de una guerra entre Estados Unidos y Venezuela. Se plantea la necesidad de buscar vías alternativas para pensar una resolución de la crisis política y económica en Venezuela y la posibilidad de construir una red de solidaridad a nivel internacional entre y hacia el pueblo venezolano.

Desde septiembre de este año, el ejército estadounidense ha llevado a cabo una serie de ataques en contra de presuntos narco terroristas acusados de transportar drogas a Estados Unidos por medio de rutas en el Caribe y el este del Pacifico. Estos ataques han venido acompañados de un despliegue militar en la región sin precedente y hasta el momento se registran aproximadamente 105 muertes. Han surgido muchas preguntas sobre la legalidad de estos ataques y las motivaciones “reales” detrás de estas acciones.

Venezuela ha estado en el centro de este conflicto y la idea de que Estados Unidos busca acceder a sus grandes reservas de petróleo y otros recursos minerales a través de un cambio de régimen ha ganado fuerza como una explicación más creible de estas acciones. Para evaluar la complejidad de esta situación y lo que significa para Venezuela, tenemos que tomar en cuenta: 1) las narrativas que se movilizan para justificar estas tácticas militares y 2) la historia de la polarización política y de pensamiento en Venezuela que asocia el anti-intervencionismo con el Madurismo y que define la democracia según las metas de la oposición de la derecha política, que a su vez ha gestionado la intervención de Estados Unidos en el país.

Ponerle un alto a la escalada del conflicto entre Venezuela y Estados Unidos y la posibilidad de una guerra, debería ser uno de los llamados más claros que tenemos en este momento, y un llamado que debería movilizar una red de solidaridad internacional alrededor de Venezuela y entre venezolanos. Sin embargo, este complejo panorama político impide que los venezolanos y la comunidad internacional se unan en protesta a estas agresiones militares y las previsibles consecuencias catastróficas para el país y la región. Lo que pase en los próximos días marcará el futuro de las relaciones entre Estados Unidos y Venezuela y pondrá a prueba los límites de nuestro imaginario político y nuestra capacidad de incidencia en esta coyuntura.

¿Cómo se explica el reciente interés de Estados Unidos en Suramérica?

A pesar de que los ataques a embarcaciones en altamar se han llevado a cabo por tres meses y medio, solo hasta hace poco han sido criticados al interior de los Estados Unidos.  El escrutinio se ha concentrado en “el segundo ataque” dirigido a los sobrevivientes del primer ataque, realizado el 2 de septiembre, que podría considerarse de manera categórica como un crimen de guerra.  A pesar de que congresistas se han manifestado en contra de los ataques y han intentado truncar estas acciones por medio de diversos mecanismos, los oficiales del gobierno de Trump argumentan que los muertos son narcoterroristas comprobados, por lo tanto los ataques no pueden ser considerados asesinatos extra judiciales, como algunos han denunciado. Más recientemente se ha utilizado la categoría de “enemigos combatientes” para justificar estas acciones. Oficiales del gobierno, como el ministro de defensa Pete Hegseth, sostienen que la estrategia busca detener el flujo de drogas que mata a millones de personas en Estados Unidos y, por lo tanto, busca defender los intereses nacionales del país.

Estas explicaciones oficiales resucitan y fusionan la retórica de la guerra fría, la guerra contra las drogas y la guerra contra el terrorismo, y se asemejan a las narrativas utilizadas para justificar la inundación militar de Colombia por parte de los Estados Unidos en los años 90. Sin embargo, hay una gran diferencia entre Venezuela y Colombia que cabe resaltar: mientras programas como el Plan Colombia consolidaron la hegemonía estadounidense en la región con la ayuda del gobierno y el ejército colombiano, en el caso venezolano se ha construido al gobierno de Nicolás Maduro como el principal enemigo. A tales efectos, el gobierno de Trump asegura que Venezuela juega un papel fundamental en el tráfico de drogas hacia Estados Unidos, y por lo tanto de actividad terrorista, y que el líder de tales operaciones es el mismo Nicolás Maduro. Por esta razón, Estados Unidos nombró a Maduro como líder del “Cártel de los Soles” y subió la recompensa de 25 a 50 millones por cualquier información que conlleve a su arresto. En este cártel, que algunos afirman que no existe, supuestamente participan todos los miembros de las fuerzas armadas de Venezuela. Todas estas acciones han buscado incrementar la presión sobre el gobierno y sus aliados.

Más preocupante aún es la narrativa imperial que se ha desplegado en días recientes, a través de la idea de que Estados Unidos tiene el “derecho” de reclamar el petróleo y las tierras venezolanas que le fueron robados. Esta narrativa fue utilizada para justificar la táctica de confiscar tanqueros que transportan petróleo venezolano, presuntamente sujetos a sanciones por parte de Estados Unidos. Estas acciones, sumadas a los anuncios de Trump de incursionar en el territorio venezolano, indican una escalada en la agresión militar y una diversificación de tácticas. A pesar de que en un principio Trump le advirtió a la prensa que no interpretara más allá de sus palabras (refiriéndose a los ataques a las embarcaciones, la posibilidad de una conversación telefónica entre Trump y Maduro, y el “cierre” del espacio aéreo venezolano, etc.), la sospecha del interés de Trump en apoderarse de las grandes reservas de petróleo venezolano por medio de la diplomacia de cañón ha sido corroborada.

¿Por qué los venezolanos no se han manifestado de manera unánime contra de estas agresiones?

En ciudades como Nueva York, señales de alarma y protesta se han hecho visibles. Grupos pequeños de manifestantes han enfatizado que el 70% de los estadounidenses rechaza la idea de una guerra con Venezuela, una cifra que hace poco apareció en una valla publicitaria en Times Square. Organizados por activistas de izquierda y de los movimientos anti-guerra del pasado y del presente, estos esfuerzos forman parte de los llamados de “no tocar a Venezuela” (Hands off Venezuela). Sin embargo, los venezolanos en Estados Unidos (un grupo de inmigrantes que se ha vuelto más visible en años recientes) no se están uniendo de manera masiva a estas protestas. Más bien han organizado movilizaciones en favor de la líder perseguida y recién ganadora del Premio Nobel de la Paz, María Corina Machado. El deseo por la intervención militar estadounidense para “solucionar” el problema venezolano, se enraiza en la historia de polarización política que continúa definiendo los límites y posibilidades del imaginario y la acción política en Venezuela, y que ahora se plasma en una diáspora venezolana con creciente poder político.

De acuerdo a este marco de interpretación polarizado, la oposición al intervencionismo estadounidense ha sido asociada al discurso antiimperialista del Bolivarianismo. Por lo tanto, si alguien se opone a la intervención en Venezuela y a la posibilidad de una guerra en la región, significa también que esa persona absuelve al gobierno de toda responsabilidad por la crisis en la que nos encontramos desde hace diez a quince años. Esta crisis, que se intensificó después de la muerte de Hugo Chávez en el 2013, es de carácter político (en la medida que el gobierno se volvió cada vez más autoritario), pero se ha sentido sobre todo en el deterioro de la situación económica y de las condiciones de vida de la mayoría de la población. Las razones y manifestaciones de esta crisis son múltiples, entre ellas se encuentran: la caída vertiginosa de los precios del petróleo, un endeudamiento profundo, una inflación disparada que se convirtió en hiperinflación, la escasez de medicinas y alimentos, el colapso de la infraestructura de servicios (telecomunicaciones, agua, electricidad, etc.), altos niveles de crimen, salarios prácticamente inexistentes y la corrupción a gran escala del gobierno. Sin embargo, es de suprema importancia que veamos más allá de este pensamiento dicotómico para poder reconocer la gravedad de la situación actual.

Es reconocido que las sanciones de Estados Unidos, que adquieren más fuerza durante el primer gobierno de Trump, han contribuido al colapso de la economía venezolana y por lo tanto a la emigración masiva de venezolanos, primero a otros países latinoamericanos y Europeos, y luego a Estados Unidos. En lugar de lograr un cambio de régimen, las sanciones unilaterales han consolidado el poder de Nicolás Maduro sobre las fuerzas armadas y el ataque imperial ha sido movilizado para justificar la construcción de un aparato represivo que busca proteger a la nación de comprobadas amenazas externas (como operaciones encubiertas de la CIA y conspiraciones para derrocar a Maduro con la asistencia de mercenarios, entre otras). En años recientes, Maduro ha dirigido este aparato represor hacia adentro para asesinar criminales y reprimir la disidencia política. Por lo tanto, ya tenemos pruebas de que el intervencionismo de Estados Unidos no sólo no ha resultado en cambios positivos en Venezuela, sino que ha empeorado las condiciones.

Las trampas de nuestro imaginario político polarizado

La oposición venezolana representada por figuras respaldadas por Estados Unidos como Juan Guaidó y María Corina Machado ha manejado la idea de que, tras años de agotar las vías de la protesta, insurrecciones y elecciones fallidas, Venezuela solo podrá liberarse completamente del madurismo y el chavismo con ayuda externa y una demostración de fuerza. Las elecciones de julio de 2024 confirmaron esta idea. A María Corina Machado no se le permitió participar en las elecciones por sus llamamientos a la insurrección y la intervención extranjera en el 2014 durante uno de varios intentos de cambio de régimen, llamado La Salida. La victoria no confirmada de Maduro sobre Edmundo González (el candidato opositor que reemplazó a Machado) consolidó la narrativa de que la única esperanza para que Venezuela pueda salir de la profunda crisis que atraviesa es a través de un cambio de régimen respaldado por Estados Unidos.

Según este relato, para erradicar la “plaga” del chavismo, ahora transformado en madurismo, se requiere “purgar” al país de cualquier residuo del socialismo y empezar de cero. También, requiere arrestar a todo responsable de violaciones a los derechos humanos y el castigo -o en sus versiones más radicales- exterminación de cualquier persona afiliada a este régimen criminal. La idea es que “si se requiere una guerra, ni modo, porque Maduro se lo buscó y es el responsable de todas las calamidades que hemos vivido los venezolanos en los últimos años”. Más aún, siguiendo esta lógica “si necesitamos venderle a Estados Unidos todo nuestro petróleo y nuestros recursos naturales para salir de este empobrecimiento colectivo que nos trajo un experimento socialista fallido, que así sea.”

El odio contra el chavismo y el madurismo es muy común entre venezolanos que ahora viven en el exterior. Muchos de ellos culpan a los gobiernos de Chávez y de Maduro por la destrucción del país, a la vez que minimizan el daño que han causado las sanciones de Estados Unidos. Es muy probable que no todos estén a favor de la guerra. Tal vez se imaginen a Maduro y su séquito aceptando la derrota y saliendo del país de manera voluntaria, o que el ejército sea el que lidere una insurrección en contra del gobierno, o que saquen a Maduro mediante una operación del ejército estadounidense de mucha precisión y sea sustituido por Machado, quien en teoría fue quien ganó las elecciones del 2024. La fantasía consiste en una transición democrática que evite generar más sufrimiento colectivo, que el chavismo y el madurismo dejen de existir, y que los venezolanos puedan regresar de manera masiva para reconstruir al país. Esta ilusión está basada en un cierto “excepcionalismo venezolano” y la idea de que somos una nación petrolera “rica.” Sin embargo, la historia de intervenciones, invasiones, y ocupaciones estadounidenses en América Latina, y otras partes del mundo, nos indica que este escenario es bastante improbable. 

La centralidad del cambio de régimen en Venezuela en lo que parece ser una estrategia más amplia de Estados Unidos para recuperar su poder de influencia en América Latina aún no es muy clara.  Cabe la posibilidad de que el deseo de un cambio de régimen sea solo una fantasía plasmada sobre una estrategia dirigida a los votantes estadounidenses y que se enfoca más bien en el resurgimiento de la Doctrina de Monroe que busca recuperar el terreno perdido (frente a potencias como China y Rusia) en la región. ¿Qué pasará si la promesa de derrocar a Maduro -que una oposición venezolana que ahora vive en gran parte en el exilio ya ha hecho varias veces subestimando el control del gobierno sobre el ejército- no fuera el objetivo principal de la estrategia? Si Maduro permanece en el poder, a pesar de las recientes demostraciones de fuerza, y el conflicto se convierte en un bloqueo naval y “total” que sigue ahogando la economía venezolana (parecido al caso de Cuba), los límites de la postura intervencionista de Estados Unidos, junto con las estrategias promovidas por la oposición de la derecha venezolana, podrían quedar al descubierto.

¿Por qué los Estados Unidos no quiere ni puede salvarnos?

Muchos de los que apoyan las opiniones de Machado son los mismos venezolanos que han sufrido en carne propia las políticas racistas antiinmigrantes impulsadas por el segundo gobierno de Trump. Como mínimo, es muy posible que tengan familiares cuyas vidas se han visto profundamente trastocadas por estas políticas. El ejemplo más claro es la eliminación del Estatus de Protección Temporal (TPS, por sus siglas en inglés) para los venezolanos en el 2025, un beneficio migratorio que le permitió a aproximadamente 600.000 venezolanos vivir legalmente en los Estados Unidos desde el 2021. La ironía es que la justificación para ponerle fin al TPS fue que las condiciones en el país habían mejorado, lo que contradice la idea de que Venezuela está siendo gobernada por un cártel de drogas.

A pesar de esta clara contradicción, el presidente Trump ha sido consistente en algo: su odio por los venezolanos y todos los inmigrantes no blancos. La deportación pública e inhumana de 250 jóvenes acusados de ser parte de la pandilla Tren de Aragua (una acusación sin pruebas que fue utilizada para justificar la detención, deportación y tortura de estos jóvenes sin ningún debido proceso) a la super-prisión CECOT en El Salvador en marzo de este año, es otro ejemplo de este proceso de deshumanización. Trump ha dicho públicamente que el gobierno venezolano tiene la culpa de exportar delincuentes y drogas a los Estados Unidos. Desafortunadamente, una narrativa que algunos venezolanos en Estados Unidos repiten es que hay una diferencia entre el grupo del TPS del 2021, que llegó en su gran mayoría por avión y con visa, y el grupo del TPS del 2023, que en su mayoría atravesó el Tapón del Darién. Esta última cohorte son los “marginales” que les dieron mala reputación a los venezolanos en Estados Unidos. A pesar de estas distinciones, marcadas por las jerarquías raciales, de clase y género que algunos venezolanos utilizan para reivindicar su propio derecho a estar en Estados Unidos, la caracterización generalizada de los venezolanos como delincuentes por parte del gobierno de Trump ha demonizado a todos los venezolanos. Por lo tanto, la idea de que este es el gobierno que llevará la paz y la democracia a Venezuela no solo es desconcertante, sino totalmente contradictoria.

Se requiere el ejercicio de nuestra imaginación política

En este escenario, la posibilidad de que los venezolanos puedan articular una respuesta verdaderamente soberana y por fuera de las soluciones planteadas por el gobierno o la oposición de derecha es muy limitada. Los venezolanos están exhaustos por años de navegar múltiples crisis que se han convertido en parte de la cotidianidad, y silenciados por un régimen represivo que ha tomado más fuerza en los últimos años. Desarrollar esa capacidad requerirá del ejercicio de nuestra imaginación política, una movilización a gran escala de fuerzas fuera de los caminos ya establecidos, y un gran esfuerzo de diálogo y sanación a nivel colectivo. Pero la pregunta sigue siendo si la gente común en Estados Unidos, Venezuela y otros países latinoamericanos tendrá algún poder de incidencia en el desenlace de los hechos actuales.

Para quienes han estado atrapados en medio de este conflicto y tratando de sobrevivir en diversas partes del mundo en condiciones cada vez más hostiles, este cambio de rumbo presenta una tarea gigantesca y hasta utópica. Pero hay algo claro: una respuesta verdaderamente democrática y soberana requerirá pensar más allá de los caminos presentados por las élites políticas, cuyos intereses no están alineados con los de la mayoría de los venezolanos que han sufrido los efectos más graves de este conflicto. Los países latinoamericanos como México, Colombia, Ecuador, Perú, Chile y Brasil, que han vivido los efectos negativos de una inmigración venezolana masiva e inesperada, también están implicados en este conflicto. Lamentablemente, estos países se han adherido en gran medida a la estrategia de la derecha de cortar los lazos y, en algunos casos, las relaciones diplomáticas con el gobierno venezolano, lo cual ha contribuido a convertir a Venezuela y a sus habitantes en una paria regional.

Estas medidas, en lugar de debilitar el régimen de Maduro, han hecho más difícil la vida de los migrantes venezolanos y han fomentado reacciones xenófobas en los países receptores. Si la estrategia militar consiste en frenar el tráfico de drogas, la migración hacia Estados Unidos y recuperar Sudamérica como esfera de influencia de los Estados Unidos, también es necesaria una respuesta unificada de la región. La Unión Europea tiene un papel importante que jugar, pero actualmente parece plegarse a la estrategia de los Estados Unidos. 

Cuando este camino alternativo se haga más visible, será posible movilizar la solidaridad entre venezolanos/as, tanto en el extranjero como en Venezuela, y los actores internacionales deberán unirse en torno a una causa común que pueda conducir a la paz y al bienestar colectivo, tanto de Venezuela como de la región.

Sin embargo, primero tenemos que reconocer el deseo por la intervención estadounidense entre sectores de la población venezolana, los orígenes de tales contradicciones y las múltiples explicaciones de la profunda crisis económica y política que los venezolanos han tenido que enfrentar por muchos años. Decir que las sanciones han afectado negativamente al país no significa negar la corrupción, la mala gestión económica, la falta de rendición de cuentas, las violaciones de los derechos humanos y las prácticas antidemocráticas del gobierno de Maduro; más bien debemos entender cómo estos procesos están interrelacionados.

También debemos de ser realistas en cuanto al poder material y simbólico del Madurismo; hay razones estructurales que explican los bajos salarios de los trabajadores públicos y que permiten comprender porqué las redes de clientelismo impulsadas por el gobierno y el ejército, y los niveles capilares de corrupción cotidiana, se han convertido en estrategias básicas de supervivencia en Venezuela. Por tanto, no podemos ignorar el temor que despierta un cambio a la fuerza entre chavistas comprometidos y tal vez también desilusionados, y entre los actuales partidarios del gobierno que no apoyarían una transición “democrática” tal y como se propone actualmente. También debemos reconocer la represión y el miedo que dominan el campo político tanto en Venezuela como en Estados Unidos, y cómo ello impide la posibilidad de una respuesta unificada ante las amenazas actuales.

Antes de perder toda capacidad de agencia en torno a esta situación, éstas son verdades que debemos considerar simultáneamente si queremos comprender y pensar en soluciones reales a los problemas que afligen a los venezolanos comunes. Si este es un momento decisivo para todos los venezolanos, espero que la lección sea que la guerra no puede ser una opción. Una intervención militar estadounidense causará más estragos en el país y en la región.

El mensaje de Maduro en su inglés “machucado”: “no war, yes peace” (“no a la guerra, sí a la paz”) que se ha vuelto objeto de burla y viral en redes sociales, tiene una profunda resonancia en este momento. Una vez más, los avances militares de Estados Unidos y las muertes injustas e innecesarias que ya han causado, corren el riesgo de aumentar la popularidad de Maduro y fortalecer su control sobre el ejército, sobre todo si el ansiado cambio de régimen no se materializa en los próximos meses.

Biografía: Bramonte es un investigador social y escritor nacido en Venezuela y que actualmente vive en Estados Unidos. José I. Bramonte es un seudónimo.

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Jan 6, 2026
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